Lo que me quitó la vaguada, lo que me trajo el mar.
Por: Karla Ávila Morillo / @LaTuristaKAM
Era una noche calurosa en Macuto,
Eli veía pasar las horas sin descansar, estaba embarazada y le costaba un poco
dormir por lo que acomodó su postura hacia el lado izquierdo para ver si podía
conciliar el sueño.
Así fue, de pronto cayó en un
sueño profundo, pero volvía la misma pesadilla que se repetía una y otra vez, aquella
gran ola pasaba sobre ella. Era inmensa, como un gran manto de agua salada que pasaba
llena de gente, carros, animales y objetos. Situación que ella siempre
relacionó con un tsunami porque en ese momento vivía en La Guaira, estado Vargas
en Venezuela, en plena costa del Caribe.
Tanto la perturbaba esto que
habló con un psicólogo quien le dijo que era posible que ese sueño fuera por la
cercanía al océano; que vivir cerca del mar tal vez se relacionaba con algún
miedo interno que ella tenía, miedo a lo profundo, al agua y que quizás eso se le
estaba representando en las visiones mientras dormía.
“Pero lo extraño del sueño es que, era una ola inmensa y yo siempre me
salvaba de una u otra manera. En unas oportunidades yo iba montada en un carro
por la carretera y de repente volteaba, veía la ola que venía. Una ola colosal.
Y yo «Dios mío, no puede ser». Luego pasaba sobre el carro. En
otras oportunidades era que estaba parada en la orilla del mar y venía la ola, se
levantaba inmensa, horrible, yo lo que hacía era que me agachaba y delante de
mí se levantaba una gran piedra y pasaba sobre mí aquella ola”.
Eli insiste en que fueron tantas
las veces que se repitió la pesadilla que llegó un momento en que ella sabía
que a pesar de que viniera la gran ola, que apareciera llena de mucha gente,
que a veces ella volteaba y veía gente, lo cual era terriblemente atormentante,
ella tenía la certeza de que algo la iba a proteger.
Se levantaba súbitamente con la
disforia que le provocaba la preocupación por ese sueño periódico. Entre la latencia
de sueño, despertares nocturnos y sueño poco reparador transcurrieron los días
hasta que pasó lo inesperado para algunas personas.
Era quince de diciembre de mil
novecientos noventa y nueve, justo el día del cumpleaños de Ibrahim, su pequeño
hijo mayor que arribaba a sus ocho añitos comenzaron los acontecimientos
asociados a una gran tragedia nacional, una que marcaría para siempre a Eli,
Ernesto, Ibrahim y la bebé Andrea que aún se mecía en el vientre de su madre,
momentos que quedaron impregnados en cada venezolano con distintas historias
pero de manera similar en cuanto a la emotividad de lo vivido en carne propia y
lo que se podía ver en los medios de comunicación de la otrora Venezuela con
mayor libertad de expresión.
“Ernesto y yo estábamos en el apartamento con Ibrahim cuando comenzó el
deslave y la tragedia, todo empezó a suceder esa noche. Tuvimos que quedarnos
allí encerrados, salvarnos como podíamos, poner cosas en la puerta porque
sentíamos los gritos de las personas que estaban violando o matando, nosotros
estábamos en un piso muy alto pero se escuchaba de todo, hasta se oían tiros en
la noche. Ya a las cinco de la tarde era un pueblo sin ley porque lo peor de la
tragedia fue la parte humana, lo malo que salió de aquellas personas que
quedaron vivas, que comenzaron a saquear y a matar a la gente que había quedado
viva dentro de sus casas o en casas con vecinos”.
Cuenta Eli que se metían en casas
y apartamentos, las pocas estructuras que quedaban de pie, sobre todo durante las
noches y hacían de todo, hace énfasis generalizando todo aquel acto de
vandalismo y delito que pueda imaginarse un ser humano. Mientras tanto, Eli, su
esposo Ernesto y su hijo Ibrahim de apenas ocho años recién cumplidos estaban arriba
en el apartamento temblando de miedo, ese miedo que hiela los huesos, tapaban
la puerta de su hogar con la nevera, le ponían objetos pesados encima por si
acaso alguien se atrevía a querer entrar a hacerles daño. Así transcurrieron
tres días durante los cuales esperaban poder salir sanos y salvos.
El pequeño Ibrahim hacía muchas
preguntas, obviamente no entendía lo que pasaba ni cuándo iba a terminar
aquella pesadilla que se había vuelto una agobiante realidad, a lo que ella con
su gran fe en los ángeles, le respondía que estuviera tranquilo, que aunque estaba
lloviendo mucho los ángeles iban a ir a sacarles de allí, que les iban a ayudar,
por lo cual se juntaban a rezarle al ángel de la guarda para que viniera por ellos
y les ayudara con prontitud.
Puntualmente y sin descanso, cada
día, cada larga jornada diaria de incertidumbre, Eli le daba fortaleza a su
familia tanto en la mañana como en la noche, así pasaron tres días infinitamente
largos, pero ese acto de rezarle al ángel de la guarda para que los acompañara
en aquel momento era la gran roca de fe que los aferraba a la vida.
Un día, su esposo Ernesto se armó
de valor y salió a ver dónde estaba su familia. Ese día Eli lo rememora claramente,
le viene a la mente la cara de él aterrorizado por todo lo que había visto en
el camino, el panorama no era nada alentador y fue eso precisamente lo que le
hizo tomar la decisión de salir de allí. Entonces le dijo: "Tenemos que sacarte de aquí Eli, yo te tengo que sacar de aquí
como sea porque La Guaira se acabó, esto se terminó, no hay carreteras, esto
está horrible, no quedó nada".
A Ernesto le tocó caminar entre cadáveres
y escombros para poder llegar a la casa de su mamá que vivía en La Guaira, se
trasladó de Macuto hasta allá para saber cómo estaba su familia, en el camino de
regreso ya venía con el propósito de sacar a Eli e Ibrahim del apartamento.
Entonces, ese día les avisan que obligatoriamente tenían que salir de ese sitio
y llevarse algo pequeño, tal vez un bolso chico que ella pudiera cargar sin
molestias por su embarazo y además, en su caso, andar con un niño pequeño. No
era conveniente que llevara tanto peso.
“Decidí guardar en un bolso las fotografías, los documentos del
apartamento, los documentos de mi salud, lo que yo llevaba del embarazo, de
todas las pruebas que me había hecho y todo eso, los exámenes y un suéter. Me
acuerdo que mi hijo me dijo que se llevaba la enciclopedia porque ahí estaban
todos los países del mundo. Más nada, es decir, realmente yo no cargué con
muchas cosas. Pensé que eso era lo imprescindible porque yo decía que de alguna
manera u otra tenía que probar que yo vivía ahí y debía llevarme los recuerdos
en fotografías, por lo menos. Más nada, ¿qué tanto? Ropa podía comprar en
cualquier lugar, lo demás era como para cargar cosas por cargar, no sé, no me
importó”.
Antes de salir de su hogar le volvieron
rezar al ángel de la guarda y le dijo firmemente a su hijo Ibrahim que no se
separara por nada del mundo de su lado, que siempre estuviera pendiente de
dónde estaba ella mientras caminaban y de ese modo se dispusieron a bajar rumbo
a la salvación de aquel infierno de Dante.
Comenzaron a bajar por las
escaleras del edificio, la familia vivía en un piso veinte. Iban sin mirar
atrás lo que dejaban sino con la convicción de huir de la tragedia. Para ese
momento ya había salido el sol, estaba pasando la lluvia intensa y perenne, ahí
empezaron a ver los helicópteros que llegaban frente al edificio, un sitio que
llamaban "El Babero", en
Macuto.
“El Babero” era una cancha deportiva donde practicaban beisbol. Un
sitio con un centro de bateo y unas arquerías de fútbol que ya no estaban a la
vista porque habían quedado tapadas por el lodo y los escombros que bajaron de
las montañas. Justo en ese lugar era que estaban llegando los helicópteros para
rescatar a las víctimas de aquella vaguada de Vargas.
“Cuando nos habíamos alejado del edificio, más o menos como una cuadra
de distancia, para poder llegar a «El Babero», comenzó a llover de
nuevo. Yo comencé a temblar terrible, era horrible porque ya no me podía
devolver y mi miedo era que viniera otra vez el lodo, que se viniera otra ola,
bueno, todo lo que habíamos visto desde arriba. Entonces me aferré mucho más a
mi hijo y a Ernesto y bueno, seguimos adelante pues. Vi largas colas de muchas
personas, había heridos, había viejitos, era muchísima gente y finalmente, mi
esposo logra hacer que me monten en un helicóptero porque ya eran las seis de
la tarde y no iban a salir más aeronaves”.
Ernesto la montó con el niño por
la puerta de atrás del helicóptero y le dijo al piloto "llévatela porque está embarazada". Cuando comenzaron a
elevarse en el cielo fue que pudo ver el lugar donde estaban metidos. Ella
afirma, que no es lo mismo ver desde el sitio de los acontecimientos, en el
entorno, a ver todo el panorama desde el aire. Cuando se fija bien dónde
estaban metidos, lo vio como si fuera una novela de las más dramáticas. Vio
alejarse a su esposo, quien quedó en el lodo, allí en la tierra, mientras ellos
se iban y lo dejaban atrás.
Volando hacia el aeropuerto de
Maiquetía, al darse cuenta de cómo estaba la situación con aquella tragedia,
agarró a su hijo de la mano porque su bebé Andrea empezó a darle muchas patadas
en el vientre. Sentía mucho miedo a que les pudiera pasar algo, a que su hijo
se quedara con una cantidad de extraños en ese helicóptero, entonces, con
angustia le decía a Ibrahim: "Dime
dónde vive tu abuela, te voy a dar la dirección de tu abuela, la dirección de
tu abuela es esta…" y se la repetía hasta más no poder.
Hacía que el niño le repitiera
una y otra vez lo mismo, le seguía haciendo hincapié: “El número de teléfono por favor dímelo, dímelo", y si se
equivocaba lo agarraba y le indicaba "mi
niño, te lo tienes que aprender, el número de teléfono te lo tienes que
aprender. Si tú no me ves, si tú ves que no estoy o me pasa algo, prométeme que
tú vas a sobrevivir. Tú tienes que salir adelante. Tú tienes que sobrevivir,
esté yo o no esté. Tú tienes que prometerme que vas a buscar a tu abuela".
Al llegar a Maiquetía todas las
personas se bajaban del helicóptero, pero la aeronave no se posaba en el suelo sino
que quedaba flotando medio estática. Eli no se podía bajar rápidamente porque un
mal salto la ponía en riesgo de parto prematuro, fue entonces cuando a su hijo
lo bajaron del helicóptero y se lo llevaron. Fue un militar quien lo hizo, pero el niño empezó a patear y
gritar: "Mi mamá, mi mamá".
Ella, a su vez, insistía en que no podía saltar porque su pánico ante todo lo
que estaba pasando la paralizaba.
Finalmente Eli pudo bajarse, y ya
estando en la pista del aeropuerto, se encontró con una vecina que tenía tres
niñas. La amiga le dijo: "Quédate
aquí conmigo, está rota la autopista Eli, no hay aviones para subir a
Caracas". A lo que ella se preguntaba: "¿Cómo no va a haber un avión para Caracas?”, perpleja, no comprendía
la magnitud de los daños producidos por la vaguada. Llegó a pensar que la
emergencia era a nivel nacional porque todavía, en ese momento, ella no tenía
total conocimiento de lo que realmente estaba pasando.
“A medida que mi vecina me venía diciendo eso, yo la percibía a ella
pero veía al fondo; ella estaba como en un segundo plano, me hablaba y yo no la
enfocaba porque atrás venía caminando un hombre muy alto, blanco, con una
serenidad increíble. Precisamente creo que eso fue lo que me llamó la atención
de él, que la gente corría, estaban todos nerviosos, pero en cambio él venía
caminando, tan sereno. Llegó donde estábamos nosotros e inmediatamente yo
empecé a temblar, era una cosa así como si tuviera mucho frío, es más, es una
sensación como la que siento cuando vuelvo a contar la historia”.
El alto hombre blanco llegó
justamente donde estaba Eli con Ibrahim, la vecina y las tres niñas, pero fue
directo con Eli le agarró el bolsito y le dijo: "Dos personas conmigo" a lo que ella responde tajantemente:
"No, pero es que no somos dos
solamente, aquí estamos entre cinco y siete personas". Ella intentaba
contar nerviosamente la cantidad de personas en total pero nunca terminaba de hacerlo,
entonces él replicó: "Solamente
tengo espacio para dos".
El piloto tomó el bolso y
comenzaron a caminar por la pista hasta llegar a una pequeña avioneta donde
solamente cabían unas cuatro personas. Era tan pequeñita que parecía de juguete.
De la aeronave se bajó un señor que tenía un estetoscopio en el cuello, lo que le
hizo deducir a Eli que era un médico.
Volaron a Caracas el piloto, el presunto
médico, Eli con Andrea en el vientre e Ibrahim a su lado. Nerviosa, preguntaba
para dónde iban, pero el piloto la calmaba dándole seguridad de ir rumbo a un sitio
donde no correría peligro, le repetían: “Quédate
tranquila que tú vas con nosotros”. Para calmarla aún más le expresaban: “¿Y ese bebé cómo va?, ese bebé parece que
es una niña ¿verdad?, ya tienes el varón, bueno, eso es una nena lo que tienes
allí, ¿Cómo te sientes?”.
El médico la escuchó
pacientemente, sin embargo ella estaba muy alterada, por lo cual el doctor la
examinó y la invitó a respirar profundo porque, en efecto, ya no estaban en
peligro. Arribaron a La Carlota y cuando se bajó de la avioneta el piloto le dio
la mano, la ayudó a bajar y le dijo que cuidara mucho a esa nena, abrió una
maletica y le regaló una cobija rosada: "Toma,
es para la nena", mientras que al niño le daba otras cosas.
Allí quedó ella, un poco
desorientada pero a salvo, no comprendía mucho lo sucedido pero a esa hora de
la noche él piloto levantó vuelo en su avioneta y partió para nunca más toparse
con ella. No supo su nombre, solo le dio un profundo agradecimiento que se
tradujo en un simple “gracias”. Seguidamente pudo llamar por teléfono a su
padre para que los fueran a buscar. Ese fue uno de los abrazos más emotivos de
su vida.
Al llegar a casa de sus padres,
por curiosidad abrió la cobija que le había regalado el piloto, era de color
rosado pastel con una imagen de un pesebre en el centro, es decir, las figuras
de Santa María, San José, el niño Jesús, la mula y el buey, en las puntas tenía
cuatro ángeles y en el borde de la cobija decía: "Dios con nosotros" que por cierto viene a ser la traducción de su
nombre real del hebreo al castellano. Lo curioso de todo esto es que nadie sabía si la criatura en su vientre iba a ser hembra o varón, tiempo más tarde coincidió la predicción del piloto con el sexo de la niña.
Lo que parecen ser casualidades
de la existencia, se convirtieron en causalidades que conectaban con detalles
muy precisos de la vida de Eli y su familia, quienes luego de pasar por estos
momentos tan duros, lograron volver a estar juntos como casta de amor y
perseverancia por salir adelante.
Recibieron ayuda para poder comenzar de cero
ubicándolos en un apartamento que iban a poder pagar poco a poco e igualmente
un buen empleo fijo donde Eli pudo lucirse como profesional, no solamente del
diseño gráfico reconocida a nivel nacional sino también de la publicidad
impregnada del valor que mejor la define: la solidaridad, pudiendo socorrer a
través de la ayuda social a miles de personas que como ella, quedaron sin nada,
gente que aquella vaguada les había arrancado todo.
Hoy en día, Eli, Ernesto, Ibrahim
y Andrea son una familia sólida que gracias al trabajo en equipo,
perseverancia, amor y sobre todo resiliencia, pueden ver atrás y darse cuenta
que el camino recorrido, aunque doloroso, los hizo crecer y renacer del lodo
pero como buenos alfareros convirtieron aquel barro en vasijas de fe.
Entonces aquel sueño sí resultó ser premonitorio, además el tan pensado ángel de la guarda los salvó en avioneta convertido en un piloto y asimismo les llevó la buena nueva de la futura niña que nacería, mensaje que dio a través de aquella cobija impregnada con la frase: "Dios con nosotros".
Es por eso que para Eli la vaguada se llevó cosas materiales, pero salir hacia el mar le trajo ventura y prosperidad.