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lunes, 31 de octubre de 2022

Gallardía: Las balas que no nos mataron

LAS BALAS QUE NO NOS MATARON

Por: Karla Ávila Morillo

Dice mi psicólogo que, si tuviera que escribir un libro de mi vida se llamaría “Gallardía y resiliencia”, el cual sería un fiel reflejo de “Seguir en pie a pesar de”, una historia agridulce de un viaje en la montaña rusa de emociones que por momentos me derrumbaron, pero luego siempre me hicieron una mujer más fuerte.

Por otra parte, dos colegas periodistas me dijeron: “Has pasado tantas cosas que tienes unas historias dignas de contar”, todos estos comentarios me han impulsado a dejar de narrar testimonios ajenos para relatar parte de mí y de Venezuela.

La semana pasada, por ejemplo, cayó cerca a los pies de mi mamá una bala perdida, que no la hirió e indudablemente no la mató, pero nos hizo reflexionar sobre las vicisitudes a las cuales hemos sobrevivido.

Balas


Escritura como ejercicio terapéutico

Es curioso que, sin ser psicólogo ni psiquiatra, y por supuesto que no pretendo serlo, simplemente me dedico a comunicar ideas, testimonios, noticias, reflexiones, pues es un denominador común que cuando converso con alguien, esas personas conciben un alivio, se sienten atendidas sin ser juzgadas, me refiero a esa escucha activa que le permite a uno concentrarse en lo que dice el otro.

Decía una profesora de castellano del colegio: “Más que oír, hay que escuchar”, esa frase, aunque siendo adolescentes nos causaba gracia sobre todo por la entonación que ella le daba, sin querer la dejó tatuada en muchos de nosotros sus alumnos, quienes hoy, después de treinta años la entendemos de una manera muy profunda.

En primer lugar, el asunto de la escucha activa como proceso de metacomunicación, tal vez para algunos sea incomprensible o les suene como un trabalenguas, pero para mí que soy una PAS (Persona Altamente Sensible) adquiere un significado potente a la hora de ejercer mi profesión, porque voy percibiendo un desglose de movimientos corporales, gestos, palabras, sentimientos, emociones y mensajes que me hacen comprender de un modo muy detallado a esa persona que me está contando parte importante de sus vivencias.

Sin embargo, hoy este ejercicio es conmigo misma, por eso mientras escribo, lloro, no de tristeza sino conmovida porque por primera vez en la vida estoy teniendo compasión conmigo misma. Hoy me estoy escuchando a mí, mis historias, mis anécdotas, mis fracasos y triunfos.

Lo que me dio Venezuela

Mi país me ha dado de todo, con eso me refiero a que he vivido experiencias increíblemente emocionantes tanto para bien como para mal, pero todas han forjado lo que hoy soy.

Ahí nací, en mi Caracas preciosa con mi Ávila amado, ese que cuando lo observo me llena el alma de plenitud, la capital de Venezuela donde siempre pasaba mis vacaciones antes de volver cada septiembre al interior de la selva que se transformó en industrias.

Indudablemente no puedo definir a nuestro país como bueno o malo porque eso sencillamente no es posible para mí, hubo épocas mejores que otras, tuve amigos como hermanos que ya no lo son, confiaba ciegamente en ciertas instituciones y gremios, pero hoy ha cambiado mi forma de analizarlo. Creo que a todo esto le llaman madurar.

Pero ¿Cómo madurar con tanto duelo demorado?, vemos en redes sociales batallas campales por sucesos que pasaron hace más de 50 años, un apego a la nostalgia de la Venezuela de antes, esa que no volverá, esa que cambió, nos tiene soñando y accionando para que las cosas mejoren, aunque sepamos que no depende de una sola persona.

En apariencia, sonreímos, seguimos adelante, porque según el absurdo pensamiento colectivo, los venezolanos todo lo podemos y somos el país más feliz del mundo, pero cuando hurgas en cada persona y su historia particular, te consigues con que hay mucho dolor porque lo que hemos vivido cada uno de nosotros durante los últimos veinte años no ha sido el mar de la felicidad.

Mirar atrás y poder decir “Sí pude”

Por supuesto que pude, pero a qué costo…

Perder a mi padre en un accidente aéreo que nunca esclarecieron; ver morir a mis familiares más cercanos porque el régimen los catalogó como personas de cuarta categoría por pensar distinto y tener criterio propio; que mis hermanos de vida me dieran la espalda por defender derechos humanos y por respetar a las personas LGBTI, es decir, que me irrespeten por querer respetar a los demás, ver esos chats donde se referían a mí con toda clase de insultos y palabras denigrantes hacia mi persona, solo por ser distinta a ellos; estar dentro del ámbito de la defensa de los derechos humanos y escuchar que te digan cara a cara “tú no sirves para esto”, junto a las burlas por no ser lo que esperaban; el descubrir que mi hijo es autista nivel 1 (lo que antes llamaban Asperger) después de dieciocho años de su nacimiento y darme cuenta que yo también tenía la condición más de treinta años después.

No, no soy la víctima, que no me victimice nadie y mucho menos que me estén viendo con lástima, tampoco soy un fenómeno, simplemente estuve muy presente en lo que me tocó vivir y aunque dolió, lo asumí con gallardía y con la visión de creer más en mí y lo que hago porque lo concibo con pasión, amor y observando cada arista de lo que se presenta ante mi humanidad.

Aprendí… Aprendí tan bien que hoy en día puedo interpelar a aquellos que me enseñaron a ser como soy.

Todas estas incidencias personales vienen a ser esas balas que no nos han matado; cada paso dado, cada meta lograda, es lo que me hace recrear en mi mente alguna escena con Trinity (La Santísima Trinidad), Neo (El Mesías) y Morfeo (La Conciencia) en The Matrix; son momentos, hechos, cosas, que en mi sofisticado cerebro que funciona distinto a los “normales”, es simplemente un eterno aprendizaje de lecciones y de fortalecer mis capacidades, a mi ritmo, observando cada avance.

Sin dudarlo lo expreso, el confinamiento durante la época de pandemia derrumbó las cenizas de esa otra yo, y como Ave Fénix, salió de mi otra persona, nueva calidez, otra ser humana que está bajo la piel que habito, una mujer que se auto reconoce como lo que es: mente, cuerpo y espíritu; alma, vida y corazón.

Las personas como yo no buscamos la aceptación de nadie, no queremos ser percibidos como una mal necesario ni mucho menos como regalos del cielo; yo quiero vivir y seguir avanzando en mis metas sin más barreras que no nos permitan desarrollarnos en lo que nos guste hacer.

Metáfora de la Venezuela de las balas perdidas

Mi hermosa Venezuela, mi país, la nación que llevo arraigada en el alma, aquella donde hemos vivido tantos acontecimientos no tan buenos los últimos veintitrés años de desgobierno, pero aun así seguimos de pie y no lo digo para romantizar nuestras desgracias sino porque a pesar de todo, hay que seguir viviendo, porque los venezolanos nos cansamos de promesas incumplidas, de frases de marketing político y bailoterapias tricolores. Por eso muchos decidimos sobrevivir a todo y comenzar a vivir desde nuestras posibilidades.

Constantemente por efectos relacionados con mi profesión, monitoreo la situación dentro y fuera del país, hago seguimiento a venezolanos que se quedaron aquí y los que siguen migrando forzosamente a otras latitudes.

En ese ir y venir en redes sociales, me detuve en el video de una colega que documentó la violencia armada de una zona popular de la capital, en el audiovisual se puede observar a la periodista cenando en el suelo de su apartamento mientras cerca de su vivienda se escucha el telón de fondo de un aguacero de balas.

Indudablemente y gracias a no sabemos quién o qué; algunos dirán que protección divina, otros dirán que no le tocaba o que fue prudente al tirarse al suelo, pues gracias a lo que sea en lo que cada quien crea, ella no murió por ninguna bala perdida, ella no sufrió el daño colateral de morir por un proyectil que no tenía su nombre, sin embargo, veintitrés personas no corrieron con la misma “suerte” y de esa veintena solamente cuatro cadáveres fueron identificados como presuntos delincuentes, de resto eran funcionarios y civiles que no pudieron huir de la zozobra de los daños letales de un plomo que en su rumbo cambia de ruta y de protagonista.

No olvidemos que para el año 2015 en el informe sobre fallecimientos y heridos por balas perdidas en Latinoamérica, elaborado por el Centro Regional de las Naciones Unidas para la Paz, el Desarme y el Desarrollo en América Latina y el Caribe, se dijo que Venezuela figuraba en el segundo lugar en cuanto a los decesos por balas perdidas en Latinoamérica.

Lo cierto es que las pocas o tal vez muchas probabilidades de morir por una bala perdida en Venezuela, no nos quitan las ganas de seguir adelante, nos asustan pero no nos roban valentía; es que obviamente ni vamos bien, ni Venezuela mejoró, ni mucho menos perdemos por cansarnos de lo mismo, al contrario, es precisamente ese agotamiento lo que nos ha hecho mantenernos con firmeza intentando lograr nuestras metas personales y ahora nos enfocamos casi exclusivamente en el futuro inmediato, en el día a día, en alimentarnos y no enfermarnos para no pasar más calamidades.

A pesar de todo lo vivido, aquí nos está pasando algo similar a lo relatado en el guión de la extraordinaria película “La vida es bella” de Roberto Benigni, en Venezuela nos encontramos devastados por la dura realidad, pero no dejamos que se nos note mucho para evitar sufrir nosotros mismos y que tampoco sufra el prójimo más de la cuenta.

En mi caso no me paralizo eternamente a ver esas balas que no nos mataron tiradas en el piso, tengo algunas en mi mano mientras pienso lo que estoy escribiendo ahora, justamente esas dos que no mataron a mi mamá; la realidad es que el sol sigue saliendo todos los días de la vida de cualquiera, aunque lluevan las balas por doquier, las flores siguen naciendo aun cuando a su lado yacen proyectiles.

Esa colega de quien les hablé acaba de tener un bebé hermoso que no solo fue deseado, sino que es bien recibido y amado; las parejas se siguen amando y algunas hasta se casan; microempresarios con muchísimo esfuerzo emprenden; otros más temerarios se gastan los ahorros de un año en ese concierto que siempre soñaron ir, aunque no se sepa con transparencia quién propicia estos eventos que traen a Venezuela.

Estoy segura que en muchos de nosotros prevalece el amor propio, el afecto por el país y por el prójimo, es ese el brío que mueve a algunos venezolanos a seguir adelante con valentía, lo que nos convierte en una suerte de oda a la perseverancia con momentos de desesperanza y mucho dolor, pero que al final decidimos cada uno de nosotros dar ese paso hacia pequeños avances personales, que aprovecho para decir claramente que no es mi intención que mi argumento sea percibido como la romantización de las catástrofes sociales del país, sino como el dejar de sufrir por todo lo que queramos lograr. No creo que sea del todo sano tener que sufrir para lograr metas, al contrario, la planificación, el procesar la realidad tal y como es, el establecer prioridades es lo que nos pudiera mantener de pie.

miércoles, 12 de junio de 2019

Mis días en Venezuela

No me imagino lo duro que fue para Anna Frank vivir lo que le ocurría. Obviamente lo mío no le llega ni a la suela de sus zapatos pero no deja de doler esta situación venezolana que sinceramente no le veo fin.

No me estoy levantando muy temprano porque escribo, programo y publico de madrugada cuando hay señal para hacerlo.
De día, si hay agua, me baño y/o lavo ropa... si no hay, pues se usa el agua del tanque para lo básico, que si lavar los platos, por ejemplo.
Comemos una o dos veces al día porque no hay para más. Entonces hacemos una buena comida principal que no siempre es al mediodía sino a mitad de tarde para que no nos vuelva a dar hambre tan temprano. Si me da mucha hambre, me tomo un litro de agua, pero entonces está el dilema del papel higiénico que se acaba rápido.
Mi hijo ya no va a la universidad, son casi 4 millones el trimestre y con lo de su diagnóstico decidimos que vamos a descansar del agite por un tiempo para recapitular a ver que carajo vamos a hacer con nuestras vidas.
Tengo momentos de llanto, momentos de rabia, momentos de tristeza, pero intento resistir lo más que pueda a pesar de la falta de comunicación, lo cual es una muerte lenta para un periodista, pues, busco los espacios para no callarme... Asisto a los eventos que me inviten, participo en lo que puedo y quiero, si no quiero, no asisto... en estos días nos regalamos ir al cine mi hijo y yo, la pasamos muy bien y eso reconforta.
Confieso que pasé meses queriendo morirme porque no le veía sentido a nada, pero gracias a la intervención profesional de psicólogos sin fronteras y la atención de 3 psicólogas (finalmente me quedé con una sola) pude comprender que no me quería morir, yo solamente quería dejar de sufrir, entonces al repensar las cosas, me ha traído un poco (bastante) de tranquilidad a pesar de mi realidad, la realidad del país y la interacción con lo poco que me rodea...
La urbanización... y me atrevo a extenderlo a gran parte de la ciudad, es tierra hostil. Por eso no me agrada mucho salir a perder tiempo. Si salgo es para hacer mis diligencias o a cosas puntuales. En la cuadra se han mudado gente rara, muy rara diría yo, otros huyen y los otros siguen con los escándalos de siempre que ahora incluyen violencia de género y sexo salvaje con amplificador para que todos los enteremos.
En cuanto a las personas, muchas se han alejado, pero muchas, y no se trata que se han ido del país, esas que están fuera de Venezuela es como si estuvieran muertas o más bien, como si yo hubiera muerto para ellas/ellos; yo me refiero a las que viven aún aquí pero están alejadas, es una especie de abstracción generalizada, nadie quiere estar con nadie, cada quien lleva una cruz.
Y si hablamos de los grupos, se han hecho tribus urbanas de los grupos de coach que no hacen coaching, los grupos de emprendedores que te cobran hasta por respirar, los grupos religiosos que satanizan a los que no están con ellos, los grupos de agencias de viaje virtuales que forman mafias de cupos para volar, los que van a los hospitales a tomar fotografías a niños que están casi muriendo para seguir con el comercio de la lástima... lo tragi-cómico es que casi todos resultan extremistas y no dan cabida al discernimiento racional, más bien buscan personas sumisas para sacarle los pocos reales que tienen, solamente para vivir de eso... Y por favor, no se ofenda si esa no es su práctica, yo no me refiero a todos, me refiero a algunos que proliferan por ahí... si detallan, verán que hay un gentío haciendo lo mismo y puedo comprender que posiblemente sea para evadir la realidad, para no sufrir... es posible que sea un mecanismo de defensa.
En cuando a mi salud, pues, no sé... hay días buenos y otros no tanto, tengo muchas alergias, volvieron mis dolores muy fuertes de la fibromialgia, me empezó la presbicia, no veo bien. Desde hace un mes tengo entumecimiento de mis manos, pero sobre todo la derecha, esta última semana no podía mover el dedo índice, de noche (cuando logro dormir) me levanto con los dedos de las manos y pies dormidos, también me pasó con el paladar. Lo atribuyo a la falta de oxigenación porque de noche no puedo respirar bien, mis cornetes están muy grandes y la operación en Caracas es muy costosa.
A todas estas, muchas personas creen que yo soy algo así como Malula Concejal, que soy una luchadora social que vivirá los próximos 50 años haciendo voluntariado las 24 horas del día, ayudando sin recibir ni las gracias y trabajando gratis. Pues no, están confundidos, si bien es cierto que amo servir, que quiero aportar a mi país, también es cierto que yo necesito dinero para vivir, por lo que no puedo seguir ayudando sin límites. Si no pongo coto, si no pongo pautas, las personas no me respetarán ni como persona, ni como profesional. De hecho, hay unas mujeres que por ponerles ese límite (dejar de hacerles favores), se han dado la tarea de desprestigiarme en el pueblo. Sin embargo, eso no me preocupa ni me detiene, al contrario, será mi labor profesional la que hablará por mí.
Para finalizar debo decir que la vida ha dado un giro fuerte, muy violento... Y en ese giro me he topado con desconocidos que al brindarme su humanidad se han hecho amigos, por supuesto, también personas que me han visto crecer...
Me he conseguido con una profesora fabulosa, aquella que yo le sacaba mala nota, pues ahora me dona medicinas para que mi corazón funcione mejor; me he topado con una hermana compañera de derechos humanos que desde fuera del país, me ha brindado su mano para seguir adelante en medio del caos venezolano; también una hermana de vida que hace un esfuerzo grande por contribuir en algo para Gabo; otra amiga que cuando viaja, hace el favor de convertirse en puente para que las cosas me lleguen.
Encontré que a través de lo que escribo hay personas que se identifican conmigo, desde la madre patria o desde Perú, en la medida de sus posibilidades, me ayudan con mis hormonas para que mis ovarios funcionen mejor. Es conmovedor contar con unos pocos amigos...
La primera vez que me llegó la cajita de medicinas lloré como loca, no lo podía creer, primero que llegara todo sano y salvo, segundo, que se tomaran la tarea de ayudarme y finalmente que estemos pasando por esta situación tan bochornosa.
Atrás quedaron las faltas de respeto de personas por quien yo metía mis manos en el fuego, que pidiéndome fotos de mi refrigerador para ver si de verdad no teníamos comida en casa, se burlaban de nuestra situación. De ese tipo de personas no quise saber más, y no se trata de hacer una lista negra de personas, se trata de respeto por mí misma, no lo merezco. Igualmente aquellas que me escribieron voluntariamente para ofrecerme ayuda y aún la sigo esperando... simplemente me alejé, ya sufre uno con lo de aquí como para estar de masoquista con sufrimiento adicional por la actitud de alguien que no comprende la situación venezolana. ¡Qué va!, que vayan a otro lado a burlarse o chismear con la desgracia ajena. Conmigo no cuenten para alimentar su ego.
En fin... no me quejo, soy descriptiva...
¡Seguiremos adelante! No queda de otra...
KAM

sábado, 13 de febrero de 2016

Alcanzar una estrella - Encuentro con Sumito

De pronto, conversando con una amiga sobre los hijos y lo especiales que son para cada madre, recordé uno de tantos momentos maravillosos junto a mi hijo.

Todo comenzó una noche del año 2011 al ver el programa de televisión del canal Gourmet de Sumito Estévez quien, en ese episodio recorría un lugar de Venezuela para explicar el origen de varios ingredientes que se utilizan con frecuencia pero muchos no saben la historia de su procedencia, explicación que este chef acotaba con facilidad y cariño por documentar cada detalle.

Justamente por detallista, supongo yo, que a mi hijo (de 11 años) le llamaba la atención aquel programa y me decía: "Qué fino saber de donde vienen las cosas, me gusta la manera como explica todo...". Se quedó pensando y retoma la conversación diciendo: "Qué bueno sería conocer a Sumito, pero es imposible". 

De inmediato di un salto y le dije desde lo más profundo de mi alma: "Hijo, nada es imposible, claro que sí lo podemos conocer, ya vas a ver que sí. Además él no es inalcanzable, es un ser humano como tú y como yo. Te apuesto a que sí lo conocerás". Dentro de mí no habían planes de contactarlo en ese momento. El tiempo pasó y se me olvidó el tema...

En abril de 2012, viajé con mi hijo y mi madre a Margarita con motivo de asistir a un Congreso. Ellos se quedaron en Porlamar y yo en Pampatar, muy cerca de "Mondeque", el mercado gourmet y restaurant de Sumito allá en la isla. 

Como tengo la costumbre de ver el canal gourmet, no sé, me encanta ver sus programas que no sólo hablan de comida sino de cultura, sabores, olores, países... pues, me enteré días antes de viajar que en Pampatar estaba ubicado el restaurant de Estévez y que mejor aún, con frecuencia él mismo atendía a sus comensales. Eso me puso a pensar ¿Será esta la oportunidad de demostrarle a mi hijo que los sueños si se pueden lograr cuando uno se lo propone? 

Llamé. Pregunté cómo era el protocolo porque era por horarios y de una vez asomé mi inquietud por saber si su ilustre dueño iba a estar allí, a lo que una simpática y amable mujer me contestó: "Justamente acaba de llegar de Argentina, es muy posible que sí esté presente estos días". Entonces quedamos en confirmar de mi parte al llegar a la isla.

Luego de instalarme en mi hotel y registrarme para el congreso, reservé para 5 personas porque decidí invitar a unos amigos. Pero eso sí, aquello iba a ser una sorpresa para mi cumpleañero que ya pisaba sus 13 años. Me dije a mí misma, por si acaso Sumito no está, no le digo nada... si llegamos al restaurant y aparece, pues... Sorpresaaaaa!!!!

Y fue así como le avisé a su abuela que lo llevara hasta allá. Por mi parte me fui en taxi desde mi hotel que quedaba muy cerca. 

Lo gracioso del momento es que justo cuando iba pasando por la iglesia del Cristo del Buen Viaje, me concentré y le pedí con mucha fe, como si tratara de algo de vida o muerte: "Padrecito hazme el milagro para que Sumito esté allí". Luego me dio como pena pedir por algo tan tonto, existiendo tantos problemas tan grandes en el mundo... pero bueno, así somos las madres, cada alegría de nuestros hijos es una bendición, es todo un acontecimiento.

Casualmente llegamos todos al mismo tiempo al restaurant y al abrirse aquellas bellas antiguas puertas de madera salen Sumito y su esposa... Yo estaba feliz, le veía la cara a mi hijo y estaba pasmado, ja ja ja ja. Su abuela le decía: "¿Sabes quién es él? y el niño se le quedaba viendo fijamente como diciendo: ¿Será o no será quien creo que es?... pronto reaccionó y dijo: "Creo que sí sé quien es". Todos comentamos al unísono: "Es Sumito".

Aparte de la bella sorpresa de bienvenida, por ser la primera vez que íbamos, nos comentaron como era el servicio, el jefe de cocina, Javier Lugo explicó cada plato del menú y de verdad que estábamos todos maravillados con la atención.

Al poco tiempo se acercó Sumito a la mesa a conversar con todos, en especial con Gabo, parecían dos amigos que tenían mucho tiempo sin verse. Fue genial... Mi sonrisa no se borraba con nada.

Comimos muy bien, pedimos distintos platos para degustar un poquito de cada uno. Entre ellos los fish and chips, ceviche, causa limeña y una gran torta de chocolate para mi hijo porque es alérgico a productos del mar (pequeño detalle)... eso sí, no nos fuimos sin probar el fabuloso bombón de piñonate, toda una delicia.

Después de una hermosa velada y tomarnos las respectivas fotos para el recuerdo, nos fuimos, cada quien a descansar... No sin antes decirle al oído a mi Gabo: "¿viste? Sí pudiste conocerlo, todos tus sueños se pueden hacer realidad"


Pasaron unos meses y volvimos a la isla de Margarita, esta vez de vacaciones. De ida hicimos escala en Puerto La Cruz; la tarde que llegamos salimos a caminar para ver el atardecer desde el Paseo Colón, allí hay muchas tienditas, por lo cual decidimos entrar a una donde venden souvenirs, estos recuerditos de cada región, por lo cual se me ocurrió preguntarle a Gabriel: "¿Qué te parece si le llevamos un regalito a Sumito?"... 
A lo que de inmediato me respondió: "Sííííí, me parece fino porque de verdad que nos atendió muy bien, fue muy amable, parecía de la familia. Mamá, es que en nuestra ciudad no atienden así de bien en ningún sitio y mira como nos atendió él que es una estrella famosa".

Yo no pensé que me iba a dar esa respuesta tan filosófica pero sí, así es mi hijo, siempre sacando reflexiones de casi todo. 

De ese modo se fue a recorrer la pequeña tienda y eligió varias cosas de distintas regiones del país; eran unas frutas de madera hechas en Lara para pegar en la nevera con imanes, una pulsera de goma con la bandera venezolana y una franela que decía: "Yo ♥ Venezuela"
Muy significativo en un momento en el que irse del país era común para muchos que decidieron por mejor calidad de vida.

Al otro día cruzamos en el ferry hacia la isla, después de varios días de playa, pasamos por "Mondeque" con la mala suerte que Sumito estaba de viaje para Argentina, esto desconcertó un poco a Gabo, pero ya estábamos allí, así que le escribió una nota con sus datos y una dedicatoria, dejó el regalo con una amable señora y nos fuimos.

Ya de vuelta de las vacaciones... tiempo después, en tierra firme, en nuestra ciudad, preciosa, pero donde atienden mal al público, recibo una llamada de mi hijo con una voz nerviosa pero feliz que me dice: 
"Mamá adivina quién me llamó? Adivinaaaa... Me dijo que compráramos el periódico porque me escribió algo..." 
No sé, me sorprendió y le dije: " Hijo no tengo idea, ¿de quién me hablas?"
"Mamá me llamó Sumito. era él... me llamó a mi teléfono..."

Así fue... compré el periódico y allí estaba aquella columna, el escrito número 300 de Sumito Estévez para ser exacta, estaba dedicado a Gabriel, mi pequeño ángel, quien siempre me motiva a ser mejor, a reflexionar, a ser mi motor de vida.

Me sentí tan feliz... al mismo tiempo se movieron varias fibras en mi interior, el amor por lo nuestro, nuestros paisajes, nuestros sabores, los valores... entre otras cosas.

Así que luego de contarles toda la historia completa, no me queda más que compartir el escrito que le dedicó a mi hijo, pero lo haré en otro post aparte para no hacer este más largo. 

Aquí el link para leerlo directamente en el blog de Sumito. Escrito 300 de Sumito Estévez

Espero que sea motivo de inspiración para seguir amando a Venezuela, a nuestros niños, paisajes, cultura; sobre todo al prójimo, a ese que no es de nuestra sangre pero es coterráneo y nos necesita.


KAM®